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Le dijo entonces:
«Respondiste bien. Haz eso y vivirás».
Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús:
«Y ¿quién es mi prójimo?».
Jesús respondió:
«Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva. ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?».
Él dijo:
«El que practicó la misericordia con él».
Le respondió Jesús:
«Vete y haz tú lo mismo».
COMENTARIO: Rev. P. Ivan Levytskyy CSsR (Lviv, Ucrania)
“Maestro ¿qué debo hacer para tener en herencia la vida eterna?”
Hoy, el mensaje evangélico señala el camino de la vida: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, (…) y a tu prójimo como a ti mismo» (Lc 10,27).
Y porque Dios nos amó primero, nos lleva a la unión con Él.
La beata Teresa de Calcuta dice:
«Nosotros necesitamos esta unión íntima con Dios en nuestra vida cotidiana. ¿Y cómo podemos conseguirla? A través de la oración».
Estando en unión con Dios empezamos a experimentar que todo es posible con Él, incluso el amar al prójimo.
“UN CORAZÓN QUE VE”. ¡MIRA Y PARA!
Alguien decía que el cristiano entra en la iglesia para amar a Dios y sale para amar al prójimo.
El exPapa Benedicto subraya que el programa del cristiano -el programa del buen samaritano, el programa de Jesús- es «un corazón que ve». ¡Ver y parar! En la parábola, dos personas ven al necesitado, pero no paran. Por esto Cristo reprochaba a los fariseos diciendo: «Tienen ojos y no ven» (Mc 8,18). Al contrario, el samaritano ve y para, tiene compasión y así salva la vida al necesitado y a sí mismo.
AYUDAMOS EN REALIDAD A CRISTO
Cuando el famoso arquitecto catalán Antonio Gaudí fue atropellado por un tranvía, algunas personas que estaban de paso no pararon para ayudar a aquel anciano herido. No llevaba documento alguno y por su aspecto parecía un mendigo. Seguramente que si la gente hubiese sabido quién era aquel prójimo, hubiese hecho cola para auxiliarlo.
Cuando practicamos el bien, pensamos que lo hacemos por el prójimo, pero realmente también lo hacemos por Cristo: «Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de los más pequeños de estos mis hermanos, a mí lo hicieron» (Mt 25,40). Y mi prójimo, dice Benedicto XVI, es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar. Si cada uno, al ver al prójimo en necesidad, se detuviera y se compadeciera de él una vez al día o a la semana, la crisis disminuiría y el mundo devendría mejor.
“Nada nos asemeja tanto a Dios como las obras buenas” (San Gregorio de Nisa).

(Comp. Gráf.: David Fernando Cruz Chumbe / Subtítulos: Jesús Fernando Cruz Chumbe / Fuentes: evangeli.net / evangeliodeldia.org / Fotografía: www.allwidewallpapers.com)

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