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«Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese. Manifesté tu Nombre a los hombres que tú me diste tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los diste; y guardaron tu Palabra. Ahora ya saben que todo lo que me diste viene de ti; porque las palabras que tú me diste se las di a ellos, y ellos las aceptaron y reconocieron verdaderamente que vengo de ti, y creyeron que tú me enviaste.
«Por ellos ruego; no ruego por el mundo, sino por los que tú me diste, porque son tuyos; y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo fui glorificado en ellos. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti».
COMENTARIO: Rev. D. Pere Oliva i March(Sant Feliu de Torelló, Barcelona, España)
“Padre, llegó la hora”
Hoy, el Evangelio de san Juan -que hace días estamos leyendo- comienza hablándonos de la “hora”: «Padre, ha llegado la hora» (Jn 17,1).
El momento culminante, la glorificación de todas las cosas, la donación máxima de Cristo que se entrega por todos... “La hora” es todavía una realidad escondida a los hombres; se revelará a medida que la trama de la vida de Jesús nos abre la perspectiva de la cruz.
¿HA LLEGADO LA HORA?¿LA HORA DE QUÉ?
Pues ha llegado la hora en que los hombres conocemos el nombre de Dios, o sea, su acción, la manera de dirigirse a la Humanidad, la manera de hablarnos en el Hijo, en Cristo que ama.
Los hombres y las mujeres de hoy, conociendo a Dios por Jesús («las palabras que tú me diste se las he dado a ellos»: Jn 17,8), llegamos a ser testigos de la vida, de la vida divina que se desarrolla en nosotros por el sacramento bautismal. En Él vivimos, nos movemos y somos; en Él encontramos palabras que alimentan y que nos hacen crecer; en Él descubrimos qué quiere Dios de nosotros: la plenitud, la realización humana, una existencia que no vive de vanagloria personal sino de una actitud existencial que se apoya en Dios mismo y en su gloria. Como nos recuerda san Ireneo, «la gloria de Dios es que el hombre viva». ¡Alabemos a Dios y su gloria para que la persona humana llegue a su plenitud!
ABIERTOS A LA VIDA
Estamos marcados por el Evangelio de Jesucristo; trabajamos para la gloria de Dios, tarea que se traduce en un mayor servicio a la vida de los hombres y mujeres de hoy. Esto quiere decir: trabajar por la verdadera comunicación humana, la felicidad verdadera de la persona, fomentar el gozo de los tristes, ejercer la compasión con los débiles... En definitiva: abiertos a la Vida (en mayúscula).
LA BUENA NUEVA
Por el espíritu, Dios trabaja en el interior de cada ser humano y habita en lo más profundo de la persona y no deja de estimular a todos a vivir de los valores del Evangelio. La Buena Nueva es expresión de la felicidad liberadora que Él quiere darnos.

(Comp. Gráf.: David Fernando Cruz Chumbe / Subtítulos: Jesús Fernando Cruz Chumbe / Fuente: http: //evangeli.net/evangelio / Fotografía: www.lds.org)